A Djokovic también hay que quererlo

La historia del deporte se escribe desde el eco épico de grandes rivalidades: Ali-Frazier, Senna-Prost, Karpov-Kasparov, Borg-McEnroe, Cristiano-Messi, Evert-Navratilova, Coppi-Bartali… O Nadal-Federer. Pero no es tan usual que irrumpa un tercero y el pulso se convierta en una partida a tres bandas para dilucidar algo tan fácil de decir pero tan difícil de conseguir como ser el tenista (o el deportista, que también está ahí el debate) más grande de la historia.

En esa batalla está Novak Djokovic, que anunció a Rafa y al suizo que no iba a ser una comparsa cuando en 2008 conquistó el primero de sus nueve Abiertos de Australia. Por entonces, el genio de Basilea tenía ya 12 Grand Slams y el guerrero balear había levantado tres Roland Garros. Un extraterrestre que ya había demostrado a Federer que era algo más que un terrícola disputándole las finales de Wimbledon 2006 y 2007. Todo parecía encaminado a un mano a mano. Pero el caníbal esperaba agazapado…

Djokovic, en las últimas temporadas, se ha desatado. Desde que Federer ganara en Melbourne en 2018, el serbio se ha adjudicado ocho Grand Slams por cuatro de Nadal. Si la salud respeta a Rafa y con Federer discutiendo contra el tiempo a sus 40 años, él y Djokovic lucharán por la cima. Y a Nole hay que quererlo también por ello. Juntos, hacen el deporte más grande.