Semestre de locos

Ayer escribí sobre ‘un año sin primavera’, que centré simbólicamente en ese atractivo periodo ciclista que este sábado tenía que haber arrancado con la Milán-San Remo, pero que puede ser extensible a la mayoría de disciplinas, de la F1 en Mónaco a Roland Garros, del Grand National al Masters de Augusta, de la final de la Euroliga a la de la Champions… Ayer escribí sobre esta primavera 2020 sin flores deportivas, marchitas por el maldito coronavirus… Y hoy salto de estación para poner la mirada en el verano y el otoño, que acogerán un atípico y sobrecargado calendario, siempre que haya vuelto entonces la normalidad. Los organizadores montan sus previsiones para salvar la mayor parte posible de sus competiciones, para proteger el negocio y la tradición, por ese orden. Aunque tampoco debemos engañarnos. Hoy podemos pintar un paisaje con vibrantes partidos de fútbol en junio, con el clásico Tour y la hierba de Wimbledon en julio, y con unos veraniegos Juegos Olímpicos sin representación de la NBA, porque estaría resolviendo el anillo en agosto. Pero mañana puede ser otro.

En este ejercicio especulativo sobre el futuro que se ha convertido nuestra vida, es cierto que oteamos un panorama muy diferente al acostumbrado, que alargará cursos a fechas inusuales, que acortará pretemporadas, que obligará a los tenistas a enlazar dos Grand Slams y a cambiar de pista rápida a tierra en sólo una semana, que prolongará el ciclismo hasta bien entrado el otoño, que enlazará grandes premios… Y quién sabe si incluso con unos Juegos en ese último trimestre. Todo ello obligará a planes de preparación y de recuperación diferentes a los usuales, también a un trabajo psicológico para afrontar tarea en etapas habituales de vacaciones. Pasaremos del desierto a la frondosa sobrecarga. El deporte cambiará, ya ha cambiado… ¿Pero hay algo que no lo haya hecho con la pandemia?